Consumir o ser consumido: apuntes sobre el flaring, concepto en desarrollo sobre evacuación y regulación psíquica en el hiperconsumo
Maríasol Aguinaga Sánchez
21 de septiembre de 2025

Introducción
En la hipermodernidad, la vida psíquica se encuentra inmersa en una sobrecarga nunca antes vista. La hiperestimulación sensorial, emocional y cognitiva que generan las redes sociales —con su continuidad temporal 24/7, la compulsión a la iconomanía y su organización algorítmica— coloca al sujeto en un estado de exaltación constante. Este ecosistema requiere y promueve un estado psíquico de estimulación y trabajo constante, en la recepción, metabolismo y transformación (o evacuación) de estímulos.
De la misma forma, el hiperconsumo aparece no sólo como respuesta reguladora inmediata del sujeto, sino también como una exigencia del propio ecosistema digital, que promueve la gratificación constante y la acumulación de experiencias y contenidos. Consumir objetos, experiencias o flujos digitales ofrece una ilusión de alivio: distraer, llenar, anestesiar (similar al mecanismo bioniano de Splitting Forzado).
De forma paradójica, cada acto de consumo, al mismo tiempo que alivia efímeramente la tensión, introduce nuevos estímulos que reactivan la saturación, configurando un ciclo circular y psíquicamente agotador. El hiperconsumo se vive como evacuación —“apagar el cerebro”, lo que en la jerga actual se denomina “brain rot”— y al mismo tiempo alimenta la sobrecarga en un intento de satisfacer.
La hipótesis que guía estas notas es que, ante los retos de hiperestimulación e hiperconsumo, la psique buscará formas alternativas y más económicas de evacuación, tomando prestado el escenario digital como válvula. Así, emerge lo que propongo llamar flaring psíquico: una evacuación performática, buscando una adaptación de los mecanismos de evacuación bionianos a los tiempos, exigencias y herramientas de la actualidad.
El objetivo de este trabajo es presentar los apuntes iniciales de un concepto en construcción. No se trata de una teoría acabada, sino de apuntes abiertos a la retroalimentación: una invitación a pensar cómo la subjetividad se regula, se fragmenta o se sostiene en un mundo donde consumir y ser consumido se han vuelto experiencias necesarias.

Conceptos contextuales: Hiperestimulación, hiperconsumo y la paradoja de la descarga
La hiperestimulación es condición estructural de la hipermodernidad. El sujeto se encuentra asediado por estímulos que provienen de múltiples canales —notificaciones, imágenes, flujos de texto, música, anuncios, mensajes— que convergen en un mismo dispositivo. Esta saturación de inputs genera una presión interna difícil de metabolizar.
El hiperconsumo funciona entonces como intento de alivio. Comprar compulsivamente, desplazarse sin fin en un feed, comer en exceso, maratonear series o navegar durante horas son formas de descargar tensión. En apariencia, se logra una evacuación: el sujeto “se apaga” temporalmente, experimenta la ilusión de reposo. Sin embargo, este mismo consumo reactiva la sobrecarga, porque sigue introduciendo más estímulos de los que el aparato psíquico puede procesar.
Este círculo vicioso —hiperestimulación que lleva al hiperconsumo, y un hiperconsumo que renueva la hiperestimulación— agota el aparato para pensar. Siguiendo a Wilfred Bion, podríamos decir que del flujo constante sensorial se podría generar un exceso de elementos beta: sensaciones no digeridas, que fracasan en convertirse en elementos alfa y quedan como material bruto que no puede usarse ni almacenarse.
La consecuencia es que el psiquismo busca vías alternativas de evacuación. Y aquí entra la propuesta del flaring psíquico.
Fundamentos bionianos
Bion planteó que la experiencia emocional debe ser metabolizada por la función alfa, que convierte las impresiones brutas en elementos alfa disponibles para el pensamiento. Cuando esta función falla (puede suceder por inmadurez, por intensidad excesiva o por intolerancia al dolor) lo que queda son elementos beta. Éstos sólo pueden ser evacuados, no pensados.
Las vías de evacuación que se proponen desde la teoría bioniana son:
Identificación proyectiva masiva: expulsar partes intolerables en el objeto externo, conlleva el riesgo de disolver límites yo/no-yo.
Transformación en alucinosis: lo no digerido se expulsa proyectivamente y es percibido como si fuera parte del mundo externo.
Comportamiento grupal de supuesto básico: descarga en la masa indiferenciada.
Somatización: evacuación en el cuerpo.
Todas comparten la lógica de deshacerse de lo que no puede ser contenido. ¿Cómo se verían estos mecanismos de evacuación en el sujeto actual?
El flaring psíquico: evacuación performática en redes

La metáfora del flaring psíquico se inspira en las torres de flare de la Refinería Salamanca. En lo industrial, el flaring es un sistema de seguridad que quema gases residuales para evitar que la presión acumulada provoque explosiones. La combustión transforma compuestos peligrosos en sustancias relativamente más seguras, aunque genera contaminación ambiental. La llama visible indica que el sistema está cumpliendo su función: evacuar para proteger la integridad de la planta.
En el campo psíquico, la analogía puede entenderse así: los gases residuales son los elementos beta, es decir, el material que no pudo ser metabolizado; la presión acumulada corresponde a la angustia que se va concentrando y amenaza con desbordar al sujeto; la válvula de seguridad son las redes sociales, que operan como el espacio digital donde esta presión se libera; y la llama visible es el self digital, esa señal performática de que la evacuación está ocurriendo.
El flaring psíquico consiste, entonces, en la evacuación intensa pero relativamente controlada de elementos beta hacia el espacio digital. El sujeto, incapaz de contenerlos ni transformarlos internamente, los expulsa de manera visible. Se propone que a veces lo hace en formas macro-performáticas —publicaciones agresivas, denuncias impulsivas, autoexposición, presentación hipersexualizada—, pero también en modalidades micro-performáticas, como reiterar “likes”, generar un algoritmo específico o interactuar compulsivamente con cierto tipo de contenido. En ambos casos, la llama (ese self digital que incluye tanto lo que se muestra en el perfil como lo que se configura en el algoritmo) se convierte en señalización de que el mecanismo evacuativo está funcionando.
El flaring comparte rasgos con las evacuaciones descritas por Bion, pero no se identifica exactamente con ninguna. Podría pensarse cercano a la identificación proyectiva masiva, porque expulsa elementos intolerables, aunque, en lugar de depositarlos en un objeto concreto, los proyecta en una masa indiferenciada (el espacio digital) que opera como “pseudocontinente”. Como en el comportamiento de supuesto básico, se sostiene en lo grupal, pero aquí el sujeto conserva un rol protagónico diferenciado para sí mismo mediante su self digital. Y, como en la alucinosis, convierte lo intolerable en algo “real” en la pantalla, pero encapsulándolo de forma restrictiva ese espacio.
La especificidad del flaring está en esta combinación de evacuación y performatividad. El self digital actúa como delimitante: aunque se expone y evacúa, mantiene cierto límite yo/no-yo, evitando una disolución total como la que suele ocurrir en la identificación proyectiva masiva clásica.
El self digital como pseudo-contenedor
Las redes sociales se convierten en antorchas psíquicas. Permiten evacuar de forma urgente, visible, pero sin un continente real. No hay madre, analista o comunidad que sostenga la proyección; lo que hay es una masa indiferenciada que ofrece solo una pseudo-mirada. El resultado es un pseudocontinente: no metaboliza, pero da la ilusión de presenciar la existencia de la crisis.
¿Si un ataque de pánico no se publica en Instagram, realmente ocurrió? La performatividad de la evacuación digital otorga un estatuto de realidad al sufrimiento que, sin exposición, corre el riesgo de vivirse como inexistente, inválido, improductivo.
Implicaciones clínicas y estructurales
Se considera que el flaring adoptaría formas distintas según la estructura psíquica:
En la neurosis, las redes pueden funcionar como un espacio de juego o de sueño, donde se elaboran elementos de manera simbólica. En las organizaciones fronterizas, predominan evacuaciones masivas, con riesgo de fragmentación del self. El self digital actúa como recurso desesperado de delimitación. En la psicosis, las redes permitirían la reproducción del delirio en un escenario amplificado, libre de principio de realidad, donde las certezas encuentran un eco inmediato y adecuado al sujeto (algorítmico).
Pensar las redes sociales como terreno del inconsciente significa reconocerlas como espacio donde se despliegan modos específicos de defensa, evacuación y construcción de realidad.
Riesgos y límites del flaring
Se propone que el flaring no debe entenderse como patológico en sí. Al contrario, se considera una respuesta adaptativa contemporánea: permite sostener momentáneamente la integridad subjetiva evitando implosiones o explosiones. No obstante, continúa dejando al sujeto “enfermo” de pseudo-contención, desgaste, exposición excesiva, contaminación emocional, etc.
Como en el campo industrial, donde el flare transforma gases peligrosos en contaminantes menos dañinos, en lo psíquico el flaring no resuelve el problema de fondo. Alivia la presión, pero no metaboliza la experiencia. La evacuación performática, aunque necesaria, deja residuos que pueden volver a saturar el aparato psíquico.

Conclusiones
Los apuntes presentados buscan abrir un campo de reflexión. El flaring psíquico se propone como un concepto en desarrollo que articula la teoría bioniana para pensar la evacuación contemporánea.
Su especificidad está en su carácter de evacuación performática: un mecanismo visible y público que alivia la presión interna liberando elementos beta en el espacio digital, produciendo la pseudo-contención y alivio temporal. Se trata de una modalidad singular, adaptada a la infraestructura disponible en la hipermodernidad.
Consumir o ser consumido no es sólo un juego de palabras, sino una tensión constitutiva de nuestro tiempo. El flaring nos invita a pensar cómo la subjetividad contemporánea se encuentra en riesgo, siendo empujada a la supervivencia, evitar la implosión o la explosión recurriendo a válvulas digitales, y nos deja la pregunta de ¿qué lugar puede ocupar la clínica en ofrecer continentes más sólidos y menos “contaminantes”?
Estos apuntes abren aún más preguntas. ¿Es el flaring un mecanismo novedoso y reactivo a la época actual o una adaptación de los mecanismos propuestos en tiempos anteriores? ¿Qué nuevas formas de contención son posibles en una época donde la evacuación performática se ha vuelto la norma? ¿Qué lugar ocupa el analista frente a pacientes que despliegan gran parte de su vida psíquica en la pantalla? Y sobre todo: ¿qué posibilidades de pensamiento podemos recuperar en un mundo donde la tendencia dominante es evacuar más que simbolizar?


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